Érase una vez un hombre sumamente estúpido -un loco o quizás un sabio- que, cuando se levantaba por las mañanas, tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa que por las noches casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le aguardaba cuando despertara. Una noche tomó papel y lápiz y, a medida que se desnudaba, iba anotando el nombre de cada prenda y el lugar exacto en que la dejaba. A la mañana siguiente sacó el papel y leyó: "calzoncillos..." y allí estaban. Se los puso. "Camisa..." allí estaba. Se la puso también. "Sombrero..." allí estaba. (Leer más)
Es un vagabundo más como tantos que suelen encontrarse por ahí, que se mueve en medio del paisaje, mimetizado con el camino polvoriento, camina sin prisa, siempre ausente. Ajeno de los que pasan cerca suyo con esa prisa extraña y aire altivo. Su piel ennegrecida por el sol inclemente, por el hielo de las oscuras madrugadas, llena de surcos. Parece un antiguo pergamino. Su mirada ausente, a veces agresiva y su mutismo, logran que la gente se repliegue a su paso, como temerosa. Pero él sigue su camino. No espera nada de nadie, ni palabras, ni gestos, se obstina en (Leer más)
Don Antonio Machado escribió sobre las dos Españas, una de las cuales debería helarle el corazón al nuevo españolito que venía al mundo. Y muy posiblemente existirán. Pero de lo que no tengo la menor duda es de que lo que sí existen son dos Justicias. Esta mañana he leído en la edición digital del diario EL MUNDO que Díaz Ferrán, el dueño de Viajes Marsans, sacó de dicha empresa más de 230 millones de euros y los derivó a otra empresa propiedad suya y de uno de sus socios. Sacó proviene del verbo sacar, pero en esta ocasión mejor sería decir que es una mala conjugación del verbo saquear. Y en tanto, sus empleados sin cobrar las nóminas de seis u ocho meses de trabajo... Pues no sólo este señor sigue en libertad y sin estar imputado de cargo alguno sino que, además, el PSOE anima a los Bancos a que presten dinero a la citada empresa de los Viajes porque según afirma es solvente y además el hecho de que quebrase sería un gran escándalo público. ¡Bravo por el Gobierno socialista! (Leer más)
Perdida la costumbre, no es sencillo forjar un buen soneto en un momento; veremos si no muero en el intento y logro retomar el estribillo.
Sacado ya un cuarteto del bolsillo, me voy por el segundo. Mas va lento, que tengo que vender y estar atento pues siempre puede haber algún listillo.
Comienzan los tercetos y la venta parece que amainó por un instante. Si dejan de acudir, mi mente inventa
y logra mi proyecto ir adelante. Ya trece tengo escritos, si se cuenta el último anterior que va delante.
¡Triunfé! Pero, no obstante, ya puestos y metidos en el brete, se añade el estrambote y diecisiete.

Despertar, abrir los ojos. Decía el cartel que colgaba en la vitrina. Me acerqué con curiosidad. En el escaparate había una vieja y sucia cajita de madera. Entré al local y consulte su precio, me sorprendió el valor tan alto que le había colocado el vendedor a dicho artículo. Pregunté con cierta curiosidad al dependiente de la tienda, debido a qué, le habían colocado tan alto valor en su precio. Entonces él me observo con cierta ternura, sacó la cajita de la vitrina y la trajo al mesón. La sacudió con cuidado y la colocó frente a mí, la abrió. Dentro estaba forrada en un fino terciopelo color carmesí. En su interior una pequeña piedra, de visos nacarados.
— ¿qué piedra es?
— No es piedra, es un ojo de dinosaurio petrificado.
— ¡No puedo creerle!
— Es un ojo de dinosaurio petrificado. Repitió con cierta sonrisa, que me dio la impresión de que me estaba jugando una broma, y a continuación comentó.
— La trajeron desde Argentina unos parientes que heredaron un montón de cosas de un arqueólogo famoso. (Leer más)

Realmente habría que decir Mañana de Reyes, ya que en esa época –1953, cuando tenía siete años– los niños nos teníamos que ir a la cama muy temprano “para que los Reyes comprobasen que estábamos dormidos y además que no les viéramos. Si un niño veía a los Magos, ¡adiós juguetes!. Así que a la cama prontito, porque por entonces no existía la televisión ni todos los entretenimientos actuales. Lo único, una gran radio que presidía el aparador del comedor de mi casa y alrededor del cual se escuchaban normalmente los programas que emitía Radio Madrid como aquél famoso de CABALGATA FIN DE SEMANA. Y los “diarios hablados”, a mediodía. Pero vamos directos al grano, que pueden llegar Sus Majestades y encontrarme escribiendo y me quedo sin que me “echen” nada. Mi padre siempre fue un exagerado con el tema de los Reyes Magos, característica que al parecer he heredado de él. El caso es que todos los años, desde que recuerdo, había regalos para todo el mundo. Para mi madre, mis hermanos, mis tíos y tías, la criada y ninguno para el gato porque no lo teníamos. ¡Hasta para el portero de la finca, que era nada menos que Policía Armada! Con la poca simpatía que les tenía mi padre a tales individuos... De juguetes no hablo. ¿Para qué, si debajo de mi casa se hallaba y se halla todavía el Bazar Horta y el dueño consideraba a mi progenitor como un gran amigo. Debía ser por el dineral que se gastaba allí. Lo cual significa que todos los años los Reyes Magos habían sido espléndidos a más no poder. ¡Hasta un coche de caballos – en realidad una especie de bicicleta forrada con la figura de un caballo, que arrastraba una calesa – le compró un año, a última hora – a más de las 12 de la noche – a un magnífico artesano que lo había construido y no lo pudo vender ya que pedía mucho dinero por él. Siendo tan tarde ya, se lo dejó a buen precio. Y todavía no sé cómo lo pudieron subir mis hermanos mayores por las escaleras porque en el ascensor desde luego que no cabía. (Leer más)
Tenía un aspecto deforme, y le colgaba una especie de baba
del labio. Sus ojos estaban completamente extraviados. De vez en cuando exhalaba
unos ruidos guturales. Nadie sabía que le había pasado, simplemente un día amaneció
así decía su compañera de cuarto. Las enfermeras acostumbraban a sacarla a
pasear al jardín, y la mayoría de los otros pacientes siempre ideaban la forma
de evadir su compañía. Nadie deseaba estar cerca de ella, es que les invadía
una sensación de impotencia al verla así.
Anteayer la dejaron frente la gran árbol de almendro. Al otro
día el almendro amaneció completamente florecido. Todos comentan que algo raro
ha comenzado a suceder, cada vez que ella está en un lugar. (Leer más)
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