Por un lado, los psicólogos han "descubierto" algo que, para variar, era de Perogrullo: que los hermanos nacen diferentes unos de otros y que el temperamento - con su especial configuración emocional - es la raíz biológica de la personalidad.
Por otro lado, nuevamente la psicología ha tenido que desdecirse de uno de sus mitos más socorridos: que la educación de los padres es decisiva en la personalidad y "normalidad" de sus hijos. Esta creencia se ha difundido tanto por los medios de comunicación que pareciera que hubiese sido demostrada científicamente. No obstante, las correlaciones encontradas no han sido coincidentes sino más bien débiles, ambiguas y parciales.
Los psicólogos deberíamos andar con más humildad por la vida y teniendo mucho cuidado con aquello que transmitimos como si fuesen verdades científicas, ya que fuera de ésta que nos ocupa, hay muchas otras falacias que se están derrumbando por falta de fundamentos.
Los expertos en socialización establecieron, en la década de 1950, la hipótesis de la crianza, según la cual, la manera de ser de los niños dependía del estilo educativo de sus progenitores. Así se originó lo que acertadamente ha sido llamado el mayor mito psicológico del siglo.
El error - debido a problemas metodológicos - se fue subsanando a mediados de los ochenta y desde entonces se han ido evidenciando repetidamente los fundamentos biológicos de los rasgos básicos de la personalidad. Mientras más se refinaban los procedimientos técnicos, más se reducía la supuesta trascendencia de los padres, culminándose en un cuestionamiento al poder omnímodo de la educación.
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