Somos contemporáneos, del mismo signo, de historias paralelas, vecinos. Soy el padrino de su hija menor. Nuestros hijos se criaron juntos, en el mismo barrio, en la misma parroquia de cerro, cantando las mismas canciones, conjugando los mismos verbos de libertad. Fuimos vecinos, luego amigos; más tarde, familia.
Ella sufrió la pérdida de su compañero, atrapado en una infranqueable depresión que lo llevó a cruzar un umbral sin retorno. Ella fue tragando el dolor de la viudez inclemente, trabajando sin pausa en sus pesados turnos de hospital para sacar adelante sus dos hijos médicos. Sus manitas ya no pudieron sostener los pequeños pacientes de la UCI infantil y comenzó a desmoronarse su cuerpo frágil. Ella lucha hoy con su último aliento porque tiene como ancla a su hija adolescente, mi ahijada Mariana.
Mi comadre Amelia, generosa ayudando al prójimo, sabe que está próxima a dejar su cuerpo agobiado y partir a un silencioso reencuentro. Mi amigo Leo, su amor de siempre, seguramente espera conversar con ella, explicar lo inexplicable, botar lejos el insondable dolor de la distancia, para poder estrecharse como uno solo, de nuevo.
La vida tiene esas paradojas trágicas. Amelia fue una excelente enfermera, de un profesionalismo sin par, por eso fue viendo con objetividad científica cómo se deterioraba su cuerpo y lo hizo con una especial serenidad. Lo único que la inflamaba era la preocupación por su hija menor, porque allí quedaban tareas pendientes y seguramente está pidiendo a Dios fuerzas para sobrevivir o para poder extender un manto de amor que proteja a Mariana, su niña.
Esta noche, en Atacama, no puedo acudir a una despedida y se augura su partida inminente. Por eso quiero volcar en estas líneas mi oración, sintiendo que le estoy diciendo a mi amiga un "hasta siempre, comadre"; un "nos vemos pronto".
Porque en la vida deben quedar espacios para poder apretarse las manos y decir gracias. Es lo que le digo a la distancia, gracias por las muchas veces que curaste las heridas de mis hijos; gracias por tu amistad y apoyo cuando fuimos nosotros los que estuvimos en peligro y nos cuidaste. Gracias, comadre Amelia Tapia, por haber sido amigos y por seguir siéndolo, más allá de este paréntesis que se aproxima.
Para Mariana, nuestro modesto apoyo, nuestra palabra y nuestro hogar para cuando lo necesite.
Si no puedo llegar a despedirme de tu madre, te dejo un abrazo sincero y este mensaje que quisiera le susurres a Amelia, como un reconocimiento a su calidad de amiga incondicional, como siempre lo fue y lo seguirá siendo.
Dios le dará a mi amiga Amelia un vestido nuevo, donde el dolor no tendrá cabida, en el que podrá recuperar la alegría y concluir los pesares que la abrumaron por estas cosas del destino.
Amiga, marcha tranquila, que tu hija podrá contar con nosotros, en apoyo y amor de familia.
Cuando partas, amiga y comadre, habrás de saber que nuestro afecto no tendrá fronteras estelares y que como amamos a Leo a ti te hemos amado y que lo único que te deseamos es que vuelvan a estar juntos en la felicidad y la luz del Padre, en esa unidad de amor que hoy se proyecta en vuestros tres hijos, hombre y mujeres de bien.
Amiga, hasta siempre...
Ella sufrió la pérdida de su compañero, atrapado en una infranqueable depresión que lo llevó a cruzar un umbral sin retorno. Ella fue tragando el dolor de la viudez inclemente, trabajando sin pausa en sus pesados turnos de hospital para sacar adelante sus dos hijos médicos. Sus manitas ya no pudieron sostener los pequeños pacientes de la UCI infantil y comenzó a desmoronarse su cuerpo frágil. Ella lucha hoy con su último aliento porque tiene como ancla a su hija adolescente, mi ahijada Mariana.
Mi comadre Amelia, generosa ayudando al prójimo, sabe que está próxima a dejar su cuerpo agobiado y partir a un silencioso reencuentro. Mi amigo Leo, su amor de siempre, seguramente espera conversar con ella, explicar lo inexplicable, botar lejos el insondable dolor de la distancia, para poder estrecharse como uno solo, de nuevo.
La vida tiene esas paradojas trágicas. Amelia fue una excelente enfermera, de un profesionalismo sin par, por eso fue viendo con objetividad científica cómo se deterioraba su cuerpo y lo hizo con una especial serenidad. Lo único que la inflamaba era la preocupación por su hija menor, porque allí quedaban tareas pendientes y seguramente está pidiendo a Dios fuerzas para sobrevivir o para poder extender un manto de amor que proteja a Mariana, su niña.
Esta noche, en Atacama, no puedo acudir a una despedida y se augura su partida inminente. Por eso quiero volcar en estas líneas mi oración, sintiendo que le estoy diciendo a mi amiga un "hasta siempre, comadre"; un "nos vemos pronto".
Porque en la vida deben quedar espacios para poder apretarse las manos y decir gracias. Es lo que le digo a la distancia, gracias por las muchas veces que curaste las heridas de mis hijos; gracias por tu amistad y apoyo cuando fuimos nosotros los que estuvimos en peligro y nos cuidaste. Gracias, comadre Amelia Tapia, por haber sido amigos y por seguir siéndolo, más allá de este paréntesis que se aproxima.
Para Mariana, nuestro modesto apoyo, nuestra palabra y nuestro hogar para cuando lo necesite.
Si no puedo llegar a despedirme de tu madre, te dejo un abrazo sincero y este mensaje que quisiera le susurres a Amelia, como un reconocimiento a su calidad de amiga incondicional, como siempre lo fue y lo seguirá siendo.
Dios le dará a mi amiga Amelia un vestido nuevo, donde el dolor no tendrá cabida, en el que podrá recuperar la alegría y concluir los pesares que la abrumaron por estas cosas del destino.
Amiga, marcha tranquila, que tu hija podrá contar con nosotros, en apoyo y amor de familia.
Cuando partas, amiga y comadre, habrás de saber que nuestro afecto no tendrá fronteras estelares y que como amamos a Leo a ti te hemos amado y que lo único que te deseamos es que vuelvan a estar juntos en la felicidad y la luz del Padre, en esa unidad de amor que hoy se proyecta en vuestros tres hijos, hombre y mujeres de bien.
Amiga, hasta siempre...
















COMENTARIOS
hace 2 días
hace 2 días
hace 2 días