Una de esas historias, de las que siendo o no verdades, dan paso a realidades en el alma más que en la mente.
Entraba ella vestida de blanco, en una iglesia chiquitita de piedra y vidrios de colores. De fondo se escuchaba a una mujer cantando
“Bendita tu Luz”, dos de sus tres hijos llevaban anillos y pétalos de flores.
En el altar, un cura desabrido que desentonaba con el ritual de los presentes, era lo que había. A su lado el hombre la esperaba, con la intranquilidad de un primerizo y los ojos hechos lágrimas, el pecho hinchado de brios y las piernas conectadas al alma.
Se sello todo con un beso, al salir se sintieron las voces diciendo:
“Sigan los dedales de oro”
Seguir y seguir, los autos no daban, la oscuridad confundía, solo la luna llena y mil estrellas resguardaban lo que estaba por venir.
Arriba del cerro, el calor era tanto que tapo el frío de la noche, con un manto enorme y quedo solo el calor de los invitados.
Ahí empezó el ritual de esta unión tan particular, que después de verla resulto bastante familiar.
Ella, de blanco virginal, él muy compuesto como quien gano el cielo en vida, se comenzó a entender.
Esa pareja llevaba muchos años juntos, dos de los tres hijos de esa mujer no eran de este hombre, que proclamaba su amor a los pocos presentes.
Se supo que muchas veces ella quiso partir, dejarlo, huir. Escapar de su lado, tomar otro rumbo, le era muy difícil mantener el cariño pese a la simpleza y la generosidad con la que había sido acogida, tenía sus miedos y resguardos mi tía. Hasta tuvo otras parejas y el persistió.
En medio del silencio ella estallo en llanto y agradeció la forma tan sutil con la que este hombre creyó en ella, creyó en lo potente que serían, creyó en lo potente que eran, creyó en el hoy y el mañana, en el eterno presente.
Solo le dijo “Gracias”
Gracias por hacerme saber que yo sé de amor.
Gracias por enseñarme a la dual individualidad.
Gracias por ser mi amor.
Gracias por hacerme sentir que era capaz de dejar de fingir.
Gracias por ser con quien río y voy a reír.
Me llego a los huesos y fui testigo que si bien no hay príncipes ni princesas, la grandeza de este hombre la llevo a la realeza.
En un cerro cerca de Quilpue, todo comenzó con violines y termino con la típica cumbia borracha de los matrimonios de la primera vez.
Todas son primeras veces.
Que maravilla volver a creer.
Que maravilla volver a ser testigos de que se puede, se debe, es realidad en seres asumidos, con todo lo que son y lo que queda por saber.
Que existen los valientes sin importar si son hombres o mujeres.
















Ternura
Que hermoso recuento o vivencia y es cierto, cuesta amar, encontrar aquel que con solo mirarse a los ojos nos hace entregar el alma y nos da la suya, pero cuando llega, la desazón, la emoción y el tremendo sentimiento, es la primera vez y el tembloroso esperar a esta nueva, primera vez.