
De la escuela me fui raudo a
Otra vez grande (por las razones ya explicadas en el capítulo anterior) fue mi sorpresa al encontrar la iglesia sin un alma, lugar donde es más propio encontrar precisamente a las almas, acompañadas o no de sus respectivos cuerpos. El Padre Benito había sido llamado por el Obispo y obviamente no había podido regresar. El Sacristán, cuya memoria de corto plazo dejaba mucho que desear, olvidándose lo del letrero salió a buscar al señor Cura, preocupado, como es natural por su larga ausencia y los feligreses, como ovejas sin su pastor, se perdieron en la llanura de la vida.
Aún cuando los casa a casa que hacían los políticos en tiempos de campaña nunca me gustaron por considerarlos un lavado de cerebro a domicilio, me dije a mi mismo que no podía volver a encontrarme con Mivecino sin haber observado a nadie como “dejaba pasar el tiempo” y menos sin llevar un testimonio fílmico que nos sirviera para invertir el proceso y lograr nuestro propósito de “dejar que el tiempo no pasara”.
Había tres alternativas: una que todos los habitantes se hubiesen puesto sordos (epidemia de hipoacusia), dos que no hubiera nadie en sus casas y tres que todo esto lo estaba soñando y que por lo tanto era un fenómeno onírico lúcido de acuerdo con el llamado Lucid Dreaming en la jerga psiquiátrica, que permite tener conciencia en la fase SOL (Sueño de Ondas Lentas o Delta) siendo que la actividad onírica se da más propiamente en la fase REM (Rapid Eyes Movement) o sueño paradójico donde se manifiesta en su mayor expresión los arcanos naturales.
Dado que la alternativa tres la encontré demasiado compleja para elaborarla hasta para mi mismo, la deseché convencido que debía estar despierto para pensar tamaña teoría. O sea estaba definitivamente despierto. La alternativa uno también la deseché porque si hubiera tal epidemia de sordera, yo mismo lo estaría y no podría escuchar mi voz interior que siempre me habla muy bajito para que dado el caso, me haga el que no la oye. Así fue como ganó la posibilidad dos: “no había nadie en sus casas”.
Como último recurso para no fracasar en mi investigación caminé a lo largo de las dos veredas de mi calle, primero Ladelfrente y finalmente Mivereda. Sólo pude observar que ahora en ambas había crecido abundante pasto y eso no me dejaba más lugar a dudas. Por una u otra circunstancias de la vida, como por ejemplo, dolores de muela, “Sale 2 X 1" por fin de temporada, que en esa época se les llamada ordinariamente Liquidaciones, visitas a parientes recién llegados del extranjero (para ver si traían regalos), canitas a los cuatro elementos, aire, agua, fuego y tierra, consultas a tarotistas, clarividentes, mentalistas, baby shower, despedidas de solteras y solteros, martes femeninos, etc., uno a uno todos los habitantes habían salido de la calle y ésta había quedado vacía. Ahora como nunca su nombre “Calle del Olvido” le hacía más justicia a su condición. En El Olvido ya no quedaba nadie, sólo Mivecino y yo. (Continuará)
















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