(Serie dramática en formato de comedia minimalista surrealista de suspenso colgante)
Como en todos los grupos humanos, nunca falta un líder, don Estanislao convocó a una asamblea de los “sin casa”. Nunca pensó que reuniría a tanta gente. A los ex vecinos de El Olvido, su sumaron decenas de otras organizaciones que por las más diversas razones agrupaban a los que carecían de un techo, o el techo que tenían no era digno, o que sí, era digno pero no habían pagados dividendos en muchos años y habían sido desalojados, o se habían autodesalojados cuando en el patio de su casa se construyó una autopista. Otros se habían casado después de muchas convivencias y quien se casa, casa quiere. Por lo que fuere, sumaban miles y fue el momento de poner barricadas, quemar neumáticos, derribar semáforos, lanzar piedras a diestra y siniestra, cortar el tránsito en la principal avenida metropolitana, paralizar las actividades bancarias, comerciales y oficinas públicas y privadas.
Tal era el embrollo que el gobierno convocó a su gabinete en pleno, estos a los subsecretarios, los subsecretarios a los jefes de reparticiones. Estos últimos se negaron a asistir aduciendo que no podían abandonar sus funciones repartidoras y mandaron a sus representantes, los que se vieron obligados a omitir su siesta diciéndose así mismos que la patria los requería con premura y no era el momento histórico para un llamado a paro de brazos caídos por una siesta malograda. Los más adoctrinados socialmente hablando, no lograban discernir si estar junto al pueblo era boicotear a los sin casa que alteraban el orden público, o si su deber moral o cualquier otro, con los más desposeídos era obedecer a los operadores políticos, y hacer fracasar la multitudinaria marcha que se movía como una mancha de aceite por las sinuosas y empedradas calles que circundaban el palacio presidencial. Ante tal disyuntiva, hicieron ambas cosas.
Hasta aquí vamos bien le comentaba don Estanislao a sus lugartenientes (siempre en estas historias debe mencionarse a los lugartenientes, aunque en la mayoría de los casos, éstos no hacen nada, salvo apoyar lo que diga el comandante, sea lo sea, en otros casos, aunque más escasos, el lugarteniente traiciona a su jefe y entonces el nombra a su vez a sus propios lugartenientes...). Sin embargo para su fuero interno, don Esta, como le decían sus más cercanos tenía un cominillo de dudas si había elegido la estrategia correcta para enfrentar el problema del Olvido. Era lógico pensar, incluso para él, que conseguir cincuenta casas, podría ser más fácil que cincuenta mil. Como fuera, el paso estaba dado, la gente en las avenidas, los carros lanza aguas haciendo su refrescante tarea, las humaredas contaminando la ciudad, los heridos en camino a las postas de primeros auxilios, las pancartas alusivas a cuanta causa justa o fulera pintando de encendidos colores el paisaje urbano, los amigos de lo ajeno disfrutando el caos y sacando lucrativas ganancias libres de impuesto, las vidrierías haciendo urgentes llamados a sus proveedores para reponer sus stocks. etc. etc. Es decir todo como debe ser en estos casos.
(continuará)














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