La Espiritualidad de la Fragilidad

Enviado por Sebastián el 12/06/2008 a las 16:13
Sebastián

Amigas y amigos, Romina Millán del equipo de Ligas Mayores me ha invitado a escribir en este Blog. He aceptado feliz la invitación pues admiro mucho lo que están haciendo aquí. Pido disculpas si mis escritos suenan demasiado religiosos. No pretendo hacer proselitismo. Sólo quiero compartir lo que me nace del corazón.

"...la experiencia de la fragilidad, del dolor, de la limitación, de la frustración puede ser nuestra gran oportunidad para poner nuestra vida en las manos de Dios."

Butterfly

 Quisiera invitarlos a dirigir la mirada hacia el pasado, unos 25 años atrás, cuando el general de los Jesuitas, el Padre Pedro Arrupe, después de haber sido afectado por una trombosis irreversible y de haber sido el primer general jesuita en dimitir en vida, describe con estas conmovedoras palabras su experiencia espiritual de ese momento:

"Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios.

Es lo que he deseado toda mi vida, desde joven.

Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora.

Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor.

Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos

es una profunda experiencia”.

Cualquier que conoce la extraordinaria vida del Padre Arrupe, quien tuvo la responsabilidad de adaptar la Compañía de Jesús a los nuevos tiempos y quien enfrentó graves tensiones con el Vaticano, sabe que esta oración representa íntimamente su sentir.

Me conmueve la imagen de un hombre que ha tenido uno de los puestos más poderosos en la Iglesia Católica, repentinamente sin poder y sin fuerzas físicas, decir esas palabras. Me conmueve pues toca uno de los temas más complejos en nuestra vida: los límites, el dolor y la fragilidad. 

La pregunta que propongo hacernos es cuál es el significado espiritual de la experiencia de la disminución, de la limitación, de la fragilidad. 

¿Es la fragilidad algo que tenemos que evitar a toda cosa? ¿Son los límites un obstáculo que tenemos que remover? ¿Tendremos que centrar nuestra mirada solamente en nuestras realizaciones y éxitos y mirar lo demás como una piedra en el zapato que tenemos que soportar y que trataremos de dejar en la próxima esquina?

Si nos tomamos en serio la oración del Padre Arrupe me parece que la experiencia de la fragilidad puede ser una extraordinaria oportunidad espiritual. 

Para entender esta afirmación tenemos que partir por una afirmación un tanto extraña para nuestro mundo:

El ser humano se realiza en la medida que se abre a los demás y se abre a la trascendencia, en la medida que, como dice San Pablo, dejo que "Cristo viva en mí". 

Aquí nos encontramos con una de las paradojas más profundas del cristianismo: si queremos "ganar la vida" tenemos que "perderla". Es decir, no somos más personas en la medida que somos más fuertes, no en la medida que acumulamos más, no en la medida que somos más poderosos, sino en la medida que somos capaces de enraizar nuestro ser en Dios y de abrir nuestro corazón radicalmente a los demás.

Lo anterior se relaciona con lo que otras tradiciones espirituales llaman el desapego, la muerte del yo. En definitiva se trata de crecer en al dinámica de la generosidad, de centrar nuestro ser "fuera de nosotros", en lo que nos hace ser, en aquello en lo que, nuevamente citando a San Pablo, "somos, nos movemos y existimos".

Si es verdad que nuestra salvación más profunda como seres humanos radica en fundar nuestra vida y existencia en Dios (otros lo llamarán lo trascendente, lo espiritual, etc.) y en abrir nuestro corazón a los demás de modo de salir de nuestro egoísmo y egocentrismo, entonces la hermosa oración del Padre Arrupe cobra absoluto sentido.

Sí, cobra sentido pues la experiencia de la fragilidad, del dolor, de la limitación, de la frustración puede ser nuestra gran oportunidad para poner nuestra vida en las manos de Dios. 

Claro que reconozco que es una experiencia difícil. Nuestra tendencia natural es a aferrarnos, a no soltar, a buscar seguridad, a buscar poder, placer, tener. Sin embargo, las veces que he logrado rozar esa experiencia he sentido la paz, la libertad y la alegría más profunda. 

Uno de esos momentos, precisamente, fue cuando hice el mes de Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. En ese mes lleno de Gracia, sentí que Dios me dirigía particularmente este hermoso texto de San Pablo:

«Te basta con mi gracia, pues mi poder se muestra perfecto en la debilidad.» 

(2 Corintions 12, 9)

Frente a la experiencia de la fragilidad, de la disminución, de que las cosas no nos resultan como quisiéramos, creo que esta frase de San Pablo se nos regala una y otra vez. Esas experiencias nos recuerdan que la gracia de Dios es suficiente, pues sólo cuando nos vaciamos, cuando dejamos de aferrarnos a nuestras seguridades, Dios puede habitar plenamente en nosotros. 

 

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