
Renacer (parte I)
Sucedió hace exactamente un mes, el 28 de abril de 2008. No obstante es una de las situaciones límites fuertes que me ha tocado experimentar, no se por qué, pero me surge vergüenza y pudor de contarlo. Tal vez de haber sido algo tan público, se transferenció en mí inconsciente como algo demasiado íntimo y bobo a la vez. Puede ser que en mi “Yo” más profundo esté censurando mi torpeza y que la precariedad del momento vivido acuse a mi vejez dando sus primeras señas y eso me duele, o tal vez no sea “dolor” la palabra más indicada, aunque suene más misericordiosa que “impotencia”.
A eso de las siete de la tarde me encontraba en la “zona paga” (corral, para ser más explícito) del paradero Escuela Militar del Transantiago con dirección al oriente. No puedo arriesgarme a calcular cuantos pasajeros nos encontrábamos allí, pero sí a decir que éramos muchos (con “h” de hartos). El chiste de estos lugares es que la tarjeta “bip” se valida a la entrada y ello da la posibilidad de subir a los buses por cualesquiera de sus puertas, haciendo más expedito el abordaje. En habitual que una de las puertas más accesibles sea la tercera y si la suerte es propicia, hasta es posible sentarse, cuando un poco común, pero si muy cortés pasajero cede el asiento reservado para el adulto mayor, minusválidos y señoras embarazadas.
También es normal que en horas de mucha aglomeración se encuentren auxiliares de uniforme amarillo ayudando a que el embarque se haga con algún orden y que los conductores no arranquen la máquina hasta que los usuarios hayan subido y las puertas se encuentren debidamente cerradas (así lo estipula por lo demás el reglamento, lo que, como es muy sabido en nuestro querido Chile, no siempre garantiza que se cumpla).
Como también es habitual en nuestra sistema de transporte público, hay momentos bastante largos en que no se ve un bus por ninguna parte y en otros en pasan cuatro, cinco y hasta siete máquinas formando un verdadero tren (siempre me pregunto si no será que estos buses en sus vidas pasadas habrán sido carros de circo y que por ello está en su naturaleza andar en caravana). Esto es lo que sucedió exactamente ese día. A la llegada del convoy, cientos de personas se dispersaron a lo largo paradero tratando de adivinar los número de los recorridos, ya que a ninguno de los ingenieros en transporte que diseñaron el sistema, se le ha ocurrido lo simple, barato y útil que sería que al lado de las puertas (o por lo menos en la primera) haya un letrero con el número de ruta. Cuando uno ya no es muy joven (o sea con presbicia avanzada), cuando hay cientos de personas aglutinadas en los panes de molde que replican las zonas pagas, cuando llegan varios buses, todos del mismo color, la misma marca y al mismo tiempo y deteniéndose a solo centímetros uno del otro, y se produce una estampida humana por abordarlos, es muy, pero muy difícil saber cual es cual. En estos casos el instinto puede ayudar bastante, como también los gritos de júbilo de los bendecidos por el azar de disfrutaron de la visión de algún letrero y que cantan los números como si se tratara de un bingo. Así fue como me enteré que unos esos acordeones era el 401 y corrí a alcanzar la tercera puerta. En mi mano izquierda llevaba un maletín y con la derecha me aprehendí a una de las manillas que llevan las puertas por su lado interior. Antes que mi cuerpo alcanzara a entrar, la puerta se cerró violentamente arrastrando mis pies fuera de la pisadera y atrapando al mismo tiempo mi brazo derecho con sus aletas con tal firmeza que quedé literalmente colgado y con mis piernas rozando las ruedas, mientras el bus se ponía en marcha.
Tal vez fueron sólo segundos que para mí duraron una eternidad y metros (tal vez unos 15 o 20) que parecieron kilómetros, en los que percibí que mi vida estaba llegando a su fin en forma trágica o al menos que quedaría brutalmente mutilado. No logro recordar que pasó por mi mente en esos instantes, estaba poseído por la angustia y la única sensación que me hace sentido, es de incredulidad, de un pensamiento relámpago que me decía: no me puede estar pasando esto, debe ser un sueño. La realidad era que si me soltaba del atrapamiento, podía caer bajo las ruedas. Si seguía colgando mis piernas serían arrastradas y despedazadas o mi cuerpo terminaría aplastado entre dos buses. Lo que sigue fue insólito, mi brazo terminó por zafarse y caí de bruces al borde la cuneta, pero estaba sano y salvo. No sentía heridas, mis ropas no se habían rasgado, mis manos, mis piernas y mi cara no tenían daño. ¿Cómo salí indemne de una situación tan crítica?, es un misterio que tendría que esclarecer mi Ángel de la Guarda. Pero no sólo por esto quedé sorprendido, estuvo presente también al otro lado de la moneda la actitud pasiva e indolente de las personas que estaban allí. Nadie hizo el menor ademán de ayudarme, como así también ninguna persona gritó o intentó advertidle al chofer lo que pasaba. El auxiliar de casaca amarilla no se inmutó y cuando ya recuperado de mi percance le reproché por no haber hecho nada para que el bus se detuviera, simplemente me notificó que los conductores no les hacen caso, o sea ¡daba lo mismo!
Perplejo hasta ahora, doy infinitas gracias a Dios y a sus angelicales salvadores. Sin duda que en algún momento llegaré al final del camino, gracias Dios también, no se el cómo ni el cuando, pero hoy en el horizonte imaginario de mi existencia puedo ver el brillo luminoso de “siete” letras que dicen: RENACER














Me impresiona
Willi, quede perpleja...
Realmente impresionante historia.
No tengo comentarios que sean validos respecto a lo que paso. Sólo como tú, estar agradecida que estás bien. Eso es lo único bueno de todo esto.
El tema da para mucho, hace aproximadamente un mes la mamá de una de las niñas que trabaja en la BCN fue atropellada por un transantiago, todo este tiempo a estado internada.
Realmente increible.
Dando gracias a Dios que estas bien... Muchos cariños y fuerza.
Maria Ignacia